OPINIÓN

La economía que sostiene a México

La economía del cuidado sostiene a nuestro país todos los días y este trabajo tiene rostro de mujer

Araceli Molina Diz

Coautora del libro “La Campaña”, Guía para Estructurar Candidaturas; creadora del podcast Política en Femenino. Consultora con experiencia en políticas, gestión y administración públicas, comunicación política y perspectiva de género.

Jueves, Abril 16, 2026

Hay una economía que sostiene a México todos los días, pero que no aparece en los discursos oficiales, ni en los indicadores de crecimiento, ni en las decisiones presupuestales. Es la economía del cuidado.

Cuidar a niñas y niños, atender a personas mayores, acompañar a enfermos, sostener un hogar, actividades indispensables para la vida social y económica, pero que siguen siendo invisibles, no remuneradas y profundamente desiguales.

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Los datos son contundentes: en México, el trabajo de cuidados y doméstico no remunerado equivale a más de 8 billones de pesos, es decir, alrededor del 26 por ciento del PIB. Dicho de otra forma, si esta economía se contabilizara como sector productivo, sería una de las más importantes del país; y sin embargo, no se paga.

Pero hay algo aún más revelador: este trabajo tiene rostro de mujer.

Alrededor del 75 por ciento de las personas que realizan labores de cuidado son mujeres, quienes además destinan muchas más horas semanales al trabajo no remunerado que los hombres. Esto no solo refleja una desigualdad de género, sino una falla estructural del modelo económico; porque el problema no es solo social. Es profundamente económico.

La sobrecarga de cuidados limita la participación laboral de las mujeres, reduce su ingreso, frena su desarrollo profesional y, en consecuencia, restringe el crecimiento del país. No es casualidad que México tenga una de las tasas más bajas de participación femenina en la economía entre países comparables.

Para ponerlo claro, el país no crece más, porque las mujeres están cuidando.  Aquí es donde la discusión se vuelve incómoda. Durante años, el Estado ha delegado el cuidado a las familias, y dentro de ellas, a las mujeres. Como si fuera una responsabilidad natural, casi biológica, y no una función social que debería ser compartida y respaldada institucionalmente.

Esto ha generado una disyuntiva, una economía que depende del cuidado, pero que no lo reconoce, no lo mide adecuadamente y no lo financia. Y aunque en los últimos años se ha avanzado en el discurso —hablando de sistemas nacionales de cuidados y corresponsabilidad—, la realidad es que la inversión pública sigue siendo insuficiente. De hecho, distintos análisis señalan que México tendría que prácticamente duplicar su gasto en políticas de cuidado para atender la demanda real.

Esto implica un reto considerable, transformar la lógica económica de ver el cuidado como un asunto privado a entenderlo como un pilar del desarrollo. Pero también implica sobre todas las cosas voluntad política. Porque reconocer la economía del cuidado significa redistribuir poder, recursos y responsabilidades. Significa cuestionar estructuras históricas, romper inercias culturales y construir un nuevo pacto social.  No hablo solamente de guarderías o apoyos aislados; hablo de diseñar una política pública integral que articule educación, salud, trabajo y seguridad social. Se trata de asumir que cuidar también es producir, y que quien cuida, también sostiene la economía.

En un momento donde el discurso público habla de bienestar, justicia social y atención a las causas, la economía del cuidado es la prueba más clara de coherencia.  Porque no se puede hablar de igualdad mientras el tiempo de las mujeres siga siendo invisible. La verdadera “transformación” no está solo en atraer inversión o crecer el PIB. Está en reconocer lo que siempre ha estado ahí, pero que nunca ha sido prioridad.

Porque si el Estado quiere realmente cambiar el modelo de desarrollo, tendrá que empezar por saldar su deuda más profunda:  la deuda con quienes sostienen la vida todos los días, con dobles jornadas, sin salario, sin reconocimiento y sin descanso.

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