La igualdad sustantiva no es una consigna ni un concepto abstracto: es una forma de conducta humana que debe reflejarse en la vida diaria de mujeres y niñas. Puede estar consagrada en leyes y programas, pero se fractura cuando toca la tierra, los barrios, las juntas auxiliares y las periferias donde la institucionalidad no llega y los vínculos entre mujeres también están viciados por el sistema patriarcal.
Por años hemos hablado de barreras estructurales; la violencia, la inequidad salarial, la brecha en el acceso a derechos; pero hay otra grieta, menos visible en los diagnósticos oficiales, que desgasta el camino hacia la igualdad, la ausencia de sororidad real entre mujeres.
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Las mujeres que viven lejos de los centros urbanos enfrentan desigualdades múltiples: servicios públicos precarios, inseguridad cotidiana, transporte limitado, falta de oportunidades laborales, carencia de atención integral a víctimas de violencia y escasez de espacios seguros. Este abandono territorial crea un escenario donde las leyes existen, pero no alcanzan a quienes más lo necesitan.
En estos mismos territorios, muchas veces la sororidad -esa relación de solidaridad, apoyo y reconocimiento entre mujeres- también se debilita. Aunque la sororidad ha sido conceptualizada como un pacto de alianza entre mujeres para luchar juntas por la igualdad y por la defensa de nuestros derechos, en la práctica muchas veces no se ejerce con fuerza allá donde más falta hace.
¿Por qué? Porque las relaciones entre mujeres también están atravesadas por jerarquías, divisiones, rivalidades, competencia o falta de redes de apoyo efectivas. En barrios populares o en juntas auxiliares, las historias de desconfianza, aislamiento o la creencia de que “cada quien resuelve lo suyo” terminan socavando la posibilidad de hacer frente en colectivo a las desigualdades estructurales.
La sororidad no es una palabra bonita ni un gesto aislado: es una postura política y ética que implica cuidado, acompañamiento y acción conjunta entre mujeres para enfrentar formas de violencia, exclusión o discriminación. Implica creer la palabra de otra mujer cuando denuncia violencia, acompañar sin juzgar, crear redes de apoyo comunitario y tejer alianzas más allá de diferencias de clase, edad o experiencia de vida. Cuando esta sororidad falla, la igualdad se quiebra en dos sentidos, el primero el Estado no garantiza políticas públicas efectivas en el territorio; y en segundo lugar, entre nosotras no hemos construido redes sólidas de apoyo y acompañamiento que nos permitan rescatar a quien cae, proteger a quien sufre y levantar voces colectivas en vez de individuales.
Ojalá pronto nos quede claro, la igualdad sustantiva no llegará por decreto ni legislándose, ni con el 8M; la sororidad se construye día a día con las mujeres que caminan por calles mal iluminadas, que enfrentan microviolencias cotidianas o que no encuentran a nadie que las escuche cuando levantan la voz. La igualdad también se construye en la manera en que nos relacionamos entre nosotras, en la forma en que levantamos la mirada para inclinarla hacia otra mujer que necesita ser vista y apoyada.
Reconstruir la sororidad no es un accesorio al feminismo, es una condición de posibilidad para que la igualdad sustantiva deje de ser una ilusión y se convierta en una realidad palpable, especialmente en los territorios donde la ley, lamentablemente, todavía no dicta la última palabra.