El machismo no siempre se expresa de manera abierta, no siempre se demuestra con gritos, violencia física o prohibiciones. Existen formas mucho más sutiles y normalizadas que para muchas personas son imperceptibles, y por eso, mucho más peligrosas y violentas.
Hoy decidí abordar un tema que he percibido a lo largo de mi carrera laboral de manera constante en juntas, reuniones, mesas de trabajo, comisiones y en general, en ámbitos laborales; y me refiero al mansplaining, uno de los micromachismos más complejos, dañinos y difíciles de identificar que vivimos las mujeres día a día. Son esas actitudes normalizadas que restan autoridad, confianza o credibilidad a las mujeres en los espacios laborales.
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Mansplaining se refiere a esas situaciones en las que un hombre explica algo a una mujer de manera ridícula, arrogante, condescendiente e innecesaria, partiendo del supuesto de que ella no sabe o no entiende, con lo que logra minimizar su conocimiento. Lo grave es que muchas veces esa mujer sí es experta en el tema o incluso ya había explicado lo mismo minutos antes.
El mansplaining ha sido socialmente normalizado y se presenta como un mal hábito, pero en realidad, es una forma de control simbólico, una dinámica de poder disfrazada de aclaración amable.
Está práctica es sumamente dañina para las relaciones humanas, ya que limita la participación de las mujeres en conversaciones, las minimiza y comparte la idea de que el conocimiento masculino tiene más peso o autoridad. Combatirlo es una responsabilidad de toda sociedad que aspire a trabajar con justicia, igualdad y respeto.
Estudios han mostrado que, en reuniones laborales, las mujeres son más interrumpidas que los hombres y reciben menos reconocimiento por sus aportaciones. Además, cuando logran expresar sus ideas, no es raro que un hombre “traduzca” o reformule lo que acaban de decir, apropiándose, de alguna manera, de su mensaje.
Esta práctica usualmente se disfraza de “colaboración” o “buenas intenciones”. Sin embargo, acciones como que hombre interrumpa sistemáticamente la intervención de una mujer; proporcionar una explicación paternalista, en la que el hombre se expresa como si hablara con alguien que desconoce lo más básico, o cuando las ideas de una mujer sólo son tomadas en serio después de ser repetidas por un hombre; son señales claras de mansplaining.
Para combatirlo el primer paso es reconocer su existencia y visibilizarlo, con algo tan sencillo como señalar: “Ya lo explicó X”. Otra forma es no permitir ser interrumpida al tomar la palabra y en caso de que no sea posible, volver a dar la palabra por otro miembro del equipo: “Me interesa que termine lo que estaba diciendo”.
Una práctica adecuada sería poner reglas claras dentro de las mesas de trabajo como moderación de turnos de palabra, límite a interrupciones y reconocimiento explícito de autorías.
Identificar, nombrar y frenar los micromachismos es fundamental para no caer en prácticas patriarcales, no busca dividir, sino construir espacios laborales colaborativos donde las ideas importen más que el género de quien las dice.