La escalada militar y económica de Estados Unidos contra Venezuela se ha acelerado en días recientes y lejos de ceder —pese a la llamada sostenida entre Donald Trump y Nicolás Maduro—las presiones contra el líder venezolano se han intensificado de manera sostenida.
No cabe duda de que la nueva Doctrina Monroe, a la que nos referimos en una colaboración anterior, comienza a adquirir forma concreta. La punta de lanza de esta política para el hemisferio occidental es la estrategia aplicada en Venezuela: un sitio militar y económico destinado a aislar al país bolivariano y a drenar, de manera progresiva, su ya menguada capacidad de resistencia.
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Venezuela no enfrenta solo sanciones y bloqueos, sino el primer ensayo moderno de un sitio estratégico a escala nacional. Por ello podemos catalogarla bajo una novedosa categoría estratégica poco utilizada en el análisis internacional contemporáneo, que puede explicar mejor este caso que los conceptos teóricos como el de “guerra híbrida” o “contención”.
El 16 de diciembre de 2025, Trump ordenó un bloqueo naval total contra buques petroleros sancionados que entren o salgan de Venezuela, como parte de su campaña de máxima presión contra Maduro. Washington acusa al régimen venezolano de narcotráfico, terrorismo y de apropiarse de activos estadounidenses. Caracas, por su parte, condenó la medida como una violación del derecho internacional y calificó estas acciones como “piratería internacional”.
El despliegue militar estadounidense ha interceptado y perseguido diversos “tanqueros” en las inmediaciones de aguas venezolanas, acusándolos de transportar crudo en violación de las sanciones vigentes. Esta intensificación del bloqueo ya ha provocado un alza en los precios internacionales del petróleo, reflejo de la incertidumbre generada por la reducción de exportaciones venezolanas.
En entrevistas recientes, Trump afirmó que no descarta una guerra con Venezuela y dejó abierta la posibilidad de acciones más agresivas. Altos funcionarios estadounidenses, incluido el secretario de Estado Marco Rubio, han calificado al gobierno de Maduro como “ilegítimo” y han reafirmado la continuidad de la presión diplomática, económica y militar.
Maduro ha condenado estas acciones, calificándolas de agresión y violación a la soberanía nacional, y ha anunciado su intención de denunciarlas ante organismos internacionales. Sin embargo, aunque no existe aún un conflicto terrestre formal, los hechos recientes acercan a ambas partes a una confrontación de mayor intensidad, con tensiones diplomáticas, militares y económicas en niveles elevados.
Los sitios en la historia
Desde tiempos inmemoriales, el sitio ha sido una de las estrategias más eficaces para derrotar a un enemigo sin recurrir a un ataque frontal inmediato. Se trata de una victoria que se cocina a fuego lento y que no está exenta de violencia extrema. Entre los cercos más relevantes de la historia destacan el sitio de Troya (siglo XIII a. C.), con una duración aproximada de diez años; el sitio de Jerusalén (70 d. C.) por el Imperio romano; el sitio de Alesia (52 a. C.) de Julio César contra la Galia; y, en tiempos modernos, los sitios de Leningrado (1941–1944), Sarajevo (1992–1996) y Mariúpol (2022), este último con un saldo de cerca de un millón de víctimas civiles.
Los teóricos de la guerra coinciden en que el sitio es una estrategia de desgaste. En lugar de tomar una ciudad o un país por asalto, el atacante lo rodea, lo aísla y lo somete a un progresivo colapso interno hasta forzar su rendición. Se establecen controles por tierra, mar y aire; líneas de cerco para impedir salidas y líneas de contracerco para resistir intentos externos de ruptura.
El objetivo es el desgaste interno del defensor: escasez de alimentos, hambre, enfermedades, caída de la moral y surgimiento de conflictos internos. Paralelamente, se ejerce una presión militar constante para acelerar la capitulación mediante ataques a infraestructura vital, golpes quirúrgicos, amenazas psicológicas y demostraciones de fuerza.
Quienes resisten un sitio suelen racionar recursos, reparar infraestructura dañada, realizar ataques furtivos, mantener la moral elevada mediante símbolos —y en ocasiones elementos religiosos— y, sobre todo, esperar ayuda externa. Esa esperanza es crucial: si llega un aliado poderoso, el sitio puede romperse.
El desenlace suele ser uno de tres escenarios: rendición, asalto final exitoso o rescate externo del defensor cuando el agresor enfrenta pérdidas insostenibles, falta de recursos o condiciones adversas. En los sitios modernos ya no se requieren murallas físicas: basta con el aislamiento logístico.
El sitio como nuevo modelo
En el caso del conflicto entre Estados Unidos y Venezuela, muchas de estas condiciones ya están presentes. Nos encontramos frente a un modelo de sitio novedoso. No se trata aún de un cerco absoluto, pero se ha priorizado frenar la salida de drogas y, sobre todo, de petróleo —principal motor de la economía venezolana—, mientras se ejerce una presión psicológica constante desde la Casa Blanca. La advertencia de Trump es clara: “Maduro tiene los días contados y no se descarta un ataque directo”. La guillotina permanece afilada y visible.
Respecto al apoyo externo que pudiera recibir Maduro de aliados como Rusia, Irán, China, Colombia, Cuba o Nicaragua, éste luce, en los hechos, prácticamente inexistente. Predomina una retórica diplomática desgastada, sin que se observe una disposición real de alguno de estos actores para comprometer capacidades militares o económicas en una causa que parece, de antemano, perdida.
El desgaste internacional del caudillo venezolano tampoco ofrece señales alentadoras. El otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado, así como el llamado de auxilio de Maduro a una ONU que durante años despreció, evidencian el aislamiento creciente y la desesperación que rodea al régimen.
A ello se suma el avance electoral de la derecha en América Latina —desde Argentina hasta Honduras, pasando por Ecuador, Perú, Bolivia y Chile—, un entorno regional cada vez más hostil que reduce aún más sus márgenes de maniobra.
Trump, además, no dispone de tiempo ilimitado. Necesita resultados que exhibir y no se caracteriza por la paciencia estratégica. Cada paso es calculado, pero no puede descartarse una intervención directa en territorio venezolano. Históricamente, los sitios prolongados suelen desembocar en acciones más contundentes.
Por ello, México debe observar con extrema atención el desarrollo y, sobre todo, el desenlace de la crisis venezolana. Todo indica que, una vez cerrado ese capítulo, Trump podría dirigir su presión hacia Colombia y Cuba, quizá en ese orden. Hasta ahora, el gobierno mexicano —uno de los pocos que defendió el cuestionado proceso electoral venezolano— ha mantenido una alianza retórica con Maduro que, a la larga, podría resultar contraproducente para los intereses nacionales. México sabe que incordiarse abiertamente con Trump tendría un alto costo, y Trump, sabe que ese paso difícilmente se dará.
Posdata: Les deseo a los lectores pasen una feliz Navidad, llena de amor y paz, que tanto necesitamos en el país y en el mundo.